jueves, 5 de abril de 2018

DUELO

Haciendo criba de los muchos pensamientos de una mente sobreestimulada por la opresión del capirote, me concentro en este post en los de apenas unos segundos de una larga noche que me servirán de resumen a las vivencias de toda una Semana y además para concatenar mi posición en mi tiempo y en mi mundo, que se prolonga más allá de una procesión.

Llegado el momento el nazareno ha de enfrentarse con alguna realidad, la mía irrumpió en la Plaza del Carbón en forma de veladores de plástico. De golpe y porrazo el cortejo dejó de estar flanqueado por gente que con mayor o menor atención atendía a la procesión para empezar a discurrir entre chiringuitos hosteleros, todos repletos de culos aposentados en taburetes que se prolongaban hacia abajo hasta un par de pies y por arriba hasta unas cabezas de mandíbulas masticantes. Allí estaban entretenidos y risueños, procedentes de lejanas tierras con su equipaje de eses silbantes, separados por un plástico transparente que como un muro los protegía del peligro de contagio de los pintorescos seres irracionales medievales que vela en ristre avanzaban por la calle y por los que apenas mostraban interés. Allí estaban, a mi derecha y a mi izquierda, ocupando aceras con todos los legales beneplácitos, observándome de cuando en cuando a través de las lentes de superioridad de sus grandes copas de vino generadoras de riqueza.

 No penséis que fue envidia lo que sentí, no tenía el más mínimo apetito. Aquellas berenjenas con miel y el suculento bacalao con tomate no me tentaban como a San Jerónimo. Este nazareno ni come ni mea, solo se autoprescribe algún caramelillo contra el mareo y bebe un poco de agua si le entra la sed. Lo duro fue aquel encontronazo sociológico, aquel cruce de miradas entre dos mundos, aquella sensación de ser un mero figurante de sus juegos del hambre, un payaso animador para los hosteleros, un reclamo escrito a tiza sobre una pizarra callejera como menú del día para utilidad de una sociedad, con ayuntamiento y agrupación a la cabeza, que mide su éxito en los días santos por centenas de montaditos de lomo, decenas de cañas de cerveza y unidades de cono de helado.

Allí, en aquella ciudad inhabitada convertida en decorado, hizo este nazareno su estación laica de penitencia ante el mundo, antes de la otra ante su Dios en la catedral. Allí se batieron a duelo las mentalidades como en una escena de película del Oeste, se cruzaron las balas de las miradas de mi humillación y de su incomprensión entre humo de incienso y olor a croquetas hasta que abandoné el lugar sintiéndome victorioso, superando la prueba, enfundando mi cirio humeante mientras me reafirmaba en lo que pienso y en lo que creo, porque nada que pueda pagarse con el dinero del César y acabe en los inodoros de este mundo podrá jamás superar al orgullo que se siente como nazareno, pidiendo paso a la Virgen de los Dolores, la del Puente. 

jueves, 15 de marzo de 2018

POYAQUE A LA VIRGEN DE LOS NEGRITOS


            Pintor nacido en mi tierra con el pincel extranjero, pintor que sigues el rumbo de tantos pintores viejos, aunque la Virgen sea Blanca, haga usted el favor de pintarme un ángel negro, que digo yo que también se irán al cielo todos los negritos buenos.

            Y poyaque estamos en faena, estaba yo cavilando, pintor de santos de alcoba, que si tienes alma en el cuerpo podías por el mismo precio diseñarme para la Virgen de los Negros, la que reina en el cielo rodeada de angelitos, algo que le recordara que, antes de andar por donde ahora anda, este planeta habitaba, para que nos tenga presentes a aquellos con los que caminaba, hijos de su misma especie, con alguna excepción reciente que hasta a bicho malo huele.

            Se disfrazó la musa de devoto contratante, Juan Miguel se puso manos a la obra, pintó primero el ángel negro, no por cumplir el contrato, era blanco y en botella que los negros van al cielo (desde el Mediterráneo a miles, lo había visto por la tele) y después de mucho pensar cumplió con el grato poyaque, dibujó una saya con un rosal, porque es la flor del paraíso, para la Reina de las flores y de remate Rosa Mística, pero lo más importante, en el filo de la falda, a ras del par de pies santos, no pintó grecas geométricas, hojas de acanto, ces ni eses, sino que dibujó para que le bordaran, y así las sandalias manchara, la tierra arada de donde el rosal brotaba, la tierra que Ella en su día pisara y por la que nosotros vagamos hasta que llegue la hora.


                                                                                             
(Souvenir de una tarde con amigos en Sevilla comprado con el marfil de una muela)

A José Mª Garrido.

sábado, 10 de marzo de 2018

TOLDURA (porque cuando algo no tiene nombre lo mejor es inventar la palabra)


            Vine de mis ejercicios en FITUR renovado. Maduré por fin. Abandoné los postulados del turismo de interior que hasta entonces defendía, el que llenaría bancos de iglesia, varales de trono, filas de nazarenos y aceras de calle, el cursi turismo del alma, uno de malagueños tiesos que apenas deja un euro de churritos en caja. Acepté por fin mi posición bajo el Sol de la Costa, la de ser un mero figurante al servicio del desarrollismo hostelero, dispuesto a vender hasta el aire de mi capirote a un tour operador por treinta monedas. Y salí a la calle, y este invierno se tornó primavera, y contemple a Málaga con nuevos ojos, una ciudad bienaventurada sin aguantar sermones de la montaña, ni sufrimientos, ni esperas, toda cubierta por un toldo sagrado, bendecida por una panza hinchada de becerro de oro que nos cobija y que pregono orgulloso en este post.



            Pérgola sobre pérgola en una de las muchas arterias que rivalizan con la Alameda por ser la Avenida de los Toldos, que llamó un pregonero. Pronto caerá la noche sobre los palios, se prenderán candelerías de estufa que calienten al que tiene frío por fuera, se servirán gintonics al que lo tiene por dentro y de paso darán de beber al sediento.



            Por parejas avanza el cortejo ocupando su sitio en la procesión, ya llueva o haga sol, pues se paga por la ocupación y si se paga se ocupa. Son mojones móviles de un reino por conquistar, tan protegidos por la autoridad que ni un perro mañanero reventaíto osará mear.



            Nuevas calles se abren para dar acogida al suntuoso cortejo, sea siempre bienvenido. No será su saeta al cantar al que está por desenclavar, ni tampoco al que anduvo en la mar, será al que se coma la brocheta y suelte la pasta al acabar. Ole.



            El manto se aleja por la estrecha vía dejando aroma a inútil regüeldo ¿Si no da el sol por qué cobija? ¿Si acolcha el ruido por qué en Chinitas? Los huesos del clero enterrado bajo el crucero de lo que un día fue convento se retuercen con el taconeo de las chanclas con calcetines, reviven de la paz en que descansaban con las risas que provoca el vino y los entraditos en carnes que por el famoso pasaje intentan ahora pasar y ya no caben.



            Junto al Palacio Obispal desplegada está la manguilla, la cruz parroquial no se pone porque no se come, está preparada en la bodega por si alguien la pide, porque si la cruz se pide la cruz se vende.



            Actor del misterio, no huyas de este cielo de lona que está por tu bien y por el de todos. Verás como poco a poco se llenan de fieles los bancos del este falso templo en que se ha convertido esta ciudad de falso dios.



            Cimbreo de morillera, bambalina bordada con aromas de boquerones más quemados que fritos. Al ofertorio llega la guapa beata con mandil a pasar la bandeja. La ciudad quiere pero nada es a cambio de nada y la hospitalidad empieza por uno mismo. Entérate, infiel de lejanas tierras, ésta es la verdadera fe, en efectivo o con tarjeta.



            Y bajo el palio siempre la flor, cobijada con infinito amor para animar a la primavera. El azahar brota imparable del sustrato de huesos chupados de aceituna, el cielo profiláctico de la hostelería será el único límite.



            No dejéis hueco por cubrir, palios malagueños, invernaderos de hoja de tabaco. Drogad al mundo con el veneno de vuestro incienso que arde en minicarboncillo de alquitrán. Habrá incluso quienes proclamen a los cuatro vientos del aire puro que estos fumaderos no son más que un monumento al fraude de la ley, unos incensarios que sirven para fumar lo mismo que antes se fumaba dentro gratis pero fuera y pagando al Ayuntamiento. Qué buen negocio municipal fue la Ley Antitabaco. Venga más calles peatonales, venga más minúsculos locales, llenando las arcas públicas y vaciando el Arca de nuestra Alianza.



            Avanza palio malagueño, llega hasta cualquiera confín, si hay que saltar muros se saltan, que aún hay muchos huecos hosteleros que cubrir. Que mejor lugar para un refrigerio fino, para una jubilación de maestro entregado, para una boda de oro de amantes esposos, para unas buenas croquetas y un Rueda fresquito, que el hospital donde se acogían a los miserables que no tenían donde caerse muertos. Ojalá pronto nadie pierda la ocasión de saborear un catering intramuros de la historia de la enfermedad y la caridad, siempre a precios asequibles para el bien de todos, claro está.

sábado, 17 de febrero de 2018

SERVILLETA, DOS PLATOS Y POSTRE.


En cuanto irrumpió en mi timeline el paño de la Verónica de la hermandad del Valle de Sevilla de Guillermo Paneque no pude sustraerme a opinar. De repelentes maneras y con una cena esperando en el plato improvisé mi primera reacción: no era abstracción lo que vieron mis ojos, era en realidad arte figurativo por descubrir, había sangre, había baba seca, si yo no identificaba la cara tampoco lo podía hacer su autor, compartíamos una incógnita por resolver, había que encontrar allí a Dios. Detrás del detallismo a realce de los límites de cada mancha intuía algo de sublimación estética del dolor, lo mismo que hacemos los cofrades de toda la vida bordando con oro la ropa sanguinolenta de un Torturado Condenado a muerte.

            A los pocos segundos ya leí en Twitter otra reacción, una tan primaria como la mía, la del tuitero @MiguelGRizo, posiblemente cruel pero más ingeniosa y divertida, igual de legítima, igual de válida. Para Miguel el paño del Valle era una “Servilleta del Burguer King con manchas de Ketchup y mostaza”. Con esta contradicción acabé con el primer plato, uno de cuchara con el sabor agridulce de quien comprueba lo diferentes que somos, guisado con la libre interpretación de una misma obra de arte que precisamente nació para provoca reacciones, si no ni es arte ni es nada.


            A continuación vino el segundo plato y con él al paladar de la mente un dilema, el de que las imágenes sagradas, incluso las más refinadas aportaciones de la historia del arte que procesionan por nuestras calles, generan exactamente el mismo debate. Ese Cristo imponente que carga con una cruz con foto grande en los manuales de historia del arte, ése que provoca lágrimas a su paso, que se le sigue con pies descalzos, que se lleva a las entrevistas de trabajo o se introduce en los bolsillos de las mortajas… esa obra de arte divina es también calificada por muchos, y por muchos más de los que pensamos, como un muñeco, y no solo en los ambientes anticlericales, también por muchos cristianos iconoclastas que gustan poco de las formas cofrades. Por tanto esa servilleta llena de kétchup tocaba resortes similares a los de una obra de Mena o Montañés desde el momento mismo en que las imágenes religiosas, todas sin excepción, se someten al veredicto del gusto del público de todos los tiempos, verdadero destinatario de la obra. Es cada espectador (el de ayer, hoy o mañana) quien debía encontrar el aura de lo sagrado o la simple madera policromada, quien elevaría un objeto a los altares o le prendería fuego con gasolina. Me costó digerir este segundo plato pero era tan jugoso que no deje de él ni un resquicio en el plato.


            Y para acabar el postre. Vi el paño del Valle expuesto al escarnio público, como veía las bromas sobre muñecos en la picota de la Sexta o en las redes sociales, esas que democráticamente me veo obligado a soportar con cara de póquer, y esto me llevo a algo, o mejor dicho a Alguien. ¿Y si ese paño con manchurrones representaba conceptualmente a Otro en una barandilla de un balcón de la casa de Pilatos, Alguien que generó exactamente las mismas reacciones, la misma contradicción? Até cabos y comprobé que con aquel lienzo medio abstracto del Valle se podía perfectamente cerrar un círculo, uno que empezaría al lado de las Setas de Sevilla y que acabaría en el Calvario, vi que este año aquel paño es y podrá ser el Vero Icono porque pocas cosas hay como el arte para encontrar en la tierra signos de Dios.

miércoles, 31 de enero de 2018

PIÑATA EN EL ECHEGARAY

¿Quién me iba a decir que un suceso cofrade del pasado 10 de enero (a un año luz de tiempo de la sociedad de la información) iba a seguir hoy de actualidad? Y no precisamente por el cartel oficial de Semana Santa que ese día se presentó (es el suceso al que me refiero) sino por los tejemanejes de poder que se exhibieron previa invitación. Yo contemplé el acto por 101 Televisión, como todos los cofrades de relleno, no importa, el salón de mi casa es lo más parecido a aquel otro de los espejos de mi ayuntamiento al que antes acudía siempre que quería.

            En aquel escenario del Teatro Echegaray colgaba el cartel como cuelgan las piñatas, ésas hechas de barro que se llenan de monedas y se rompen a bastonazos. Allí, tras no sé cuántos presentadores, expuso Ruiz Montes su legítimo discurso como autor del cartel, lo que sirvió de inspiración a una improvisada tragicomedia generacional sobre la lucha por el poder municipal, todo ello con la figura reluciente del Cristo de la Redención convertido en telón de fondo, en un decorado.

            Empezó Don Elías Bendodo, presidente de la Diputación, alcaldable, haciendo apología de las virtudes de la juventud por ser joven el cartelista. Sus ojillos gritaban: “Si os gusta el cartel elegidme a mí como alcalde, coño, que también soy joven”. Don Francisco de la Torre la cogió al vuelo y halagó al cartelista con retranca por haber tenido el detalle de incluir a un nazareno representando a la madurez. Su socarronería declamaba “que le den por saco a ese niñato de la Diputación, aquí tenéis a un alcalde de verdad, con una experiencia tan imprescindible que sale hasta en los carteles de Semana Santa”.

            Para redondear el acto y curar las heridas de los garrotazos también habló allí, delante de todos los medios de comunicación convocados, alguien de Unicaja, entidad a la que los cofrades malagueños estaremos eternamente agradecidos: sin el patrocinio desinteresado de este banco no tendríamos cartel, dado el descomunal gasto económico que supone publicarlo y encima a color.
           



(No me he atrevido a publicar la otra versión en la que aparece la futura torre del puerto. Era una visión demasiado terrible hasta para un blog como éste en el que a veces se ha llegado a rozar lo gore. Me consta que lo leen menores de edad que podrían sufrir graves traumas.)

domingo, 28 de enero de 2018

SOMEWHERE OVER THE RAINBOW



Como esos puentes medievales que emergen de los pantanos durante la extrema sequía, hay un puente sobre el Puente de los Alemanes de Málaga que solo se aparece en las pequeñas o grandes catástrofes. Está casi siempre oculto a nuestra vista aunque lo tengamos delante de las narices. Este puente comunica la calle Marqués y el Pasillo de Santo Domingo de una ignota feligresía celeste poblada de gente buena, que distingue su mano derecha de la izquierda porque a la diestra siempre está Ella en su capilla y a la siniestra todo lo demás.